Sostenibilidad turística, un punto de encuentro

SE GESTIONA en la bella ciudad colombiana de Cali, en el espléndido Valle del Cauca, Colombia, una ciudad de tantos gratos recuerdos para nosotros, la puesta en escena de un encuentro sobre el aprovechamiento del movimiento turístico para las comunidades indígenas, impulsado por la fundación Sonrisa de Vida, que dirige la dinámica María Elena Mejía. Nada más serio y de la mayor trascendencia si de verdad vamos a conseguir definir con ello cómo seguir las líneas directrices para que estos postulados se hagan posibles con el mejor de los resultados.

Con referencia a este señalado encuentro se ha escrito bastante sobre cómo hacer posible la rentabilidad del turismo para el sector indígena, en el sentido exacto de la palabra. Son muchas las fórmulas que existen para consolidar los valores ancestrales de los pueblos del mundo, exponiendo sus valores culturales y socioeconómicos con todas las garantías posibles dentro de la mayor dignidad.

Sí, somos conscientes de que «del dicho al hecho hay mucho trecho», pero ahí es donde tenemos la permanente lucha los que estamos predicando ante el mundo la necesidad de un desarrollo turístico sostenible, entendiendo el mismo desde su pregonada filosofía de «un desarrollo que satisfaga las necesidades de las generaciones actuales sin poner en peligro el disfrute de ellas de las generaciones futuras». Para ello es naturalmente lógico que debamos conservar todos los valores ancestrales e histórico-culturales en su más amplio sentido, de los que podemos disfrutar en el presente para que sean un legado para las futuras generaciones.

Dice la Organización Mundial del Turismo que «las directrices para el desarrollo sostenible del turismo y las prácticas de gestión sostenible son aplicables a todas las formas de turismo en todos los tipos de destinos, incluidos el turismo de masas y todos los diversos segmentos turísticos. Los principios de sostenibilidad se refieren a los aspectos ambientales, económicos y socioculturales del desarrollo turístico, habiéndose de establecer el equilibrio adecuado entre las tres dimensiones para garantizar la sostenibilidad de los mismos a largo plazo».

Con este escenario al frente, parece natural que la preocupación de la generación actual se centre en la conservación de «las señas de identidad» de los pueblos, temática sobre la que llevamos años insistiendo en todas nuestras intervenciones públicas, viendo cómo no solamente no se conservan, sino que incluso dramáticamente se destruyen las señas de identidad, que han sido las que les han dado valor y prestigio a lugares y zonas que han sido colocadas en la primera línea de los destinos turísticos del mundo.

Lugares emblemáticos de alto valor en el mundo del turismo internacional han pasado a ser considerados «destinos maduros» -por no decir irrecuperables o caducos-, porque sus principales señas de identidad fueron destruidas por la ignorancia, el mercantilismo y la falta de conocimientos de personajes que, amparados por movimientos políticos y empresariales, no han tenido ni tienen la capacidad de gestión necesaria para resolver un problema cuya hoja de ruta está más que clara para quienes tienen muchos años de experiencias y un conocimiento profesional capaz de levantar países enteros como puntos de destino turístico.

Ahí, en ese punto culminante, es donde tenemos que afianzar la política de desarrollo del conocimiento de la actividad del turismo, para aprovecharla en el desarrollo de las comunidades indígenas sin perder sus propias señas de identidad en todo su amplio espectro.

No se trata de vender artesanías ni otras baratijas, como parece ser lo que impera hoy en este marco. Se trata de proyectar ante el visitante las muestras de una cultura ancestral que va desde su propia arquitectura hasta su gastronomía, sus medios de vida y toda la serie de actividades que han hecho pervivir sus principales tradiciones, leyendas y realidades históricas, hoy de inapreciable contenido ante un turismo que busca los más recónditos pasajes de la cultura mundial.

Produce entonces singular asombro ver cómo comunidades, pueblos, ciudades y lugares históricamente rescatados de su pobreza crítica, precisamente gracias a esos valores que el «desarrollo sostenible» recomienda conservar «para que los disfruten las generaciones futuras», no solo se hayan cargado -liquidado o como quieran llamarlo- literalmente los mismos, sino que incluso sean capaces de presentar públicamente sin ningún rubor programas para proyectar una nueva imagen.

Sobre todo esto, y más, estaríamos escribiendo decenas de cuartillas ante las perspectivas que contemplamos a nivel mundial en cuanto al desarrollo del movimiento turístico, ya que la insistencia en la conservación de las señas de identidad de los pueblos es un tema apasionante que deben tener presentes todos los dirigentes mundiales de la sociedad, huyendo de las prácticas mercantilistas, que confunden todo y que destruyen lo antiguo para proyectar sobre ello auténticos disparates, queriendo simular la inmensidad de Brasilia, la estatua de la libertad neoyorquina o las calles de Buenos Aires sin considerar -porque sus conocimientos no les dan para más- que lo que ha buscado el turista han sido esas señas de identidad que ellos han destruido -como en el caso del Puerto de la Cruz, Tenerife-, por lo que tratar ahora de proyectar una nueva imagen es un mal chiste si no fuese por lo dramático del tema.

Source / Fuente: http://www.eldia.es

Author / Autor: Staff

 Date / Fecha: 31/08/11

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